Santa o puta

«Una mujer que se respeta no exhibe su cuerpo».

«Una mujer que exhibe su cuerpo lo que busca es llamar la atención».

Son frases que revelan que el cuerpo femenino vive y existe para servirle al placer masculino, donde la desnudez se convierte en una “provocación” y deja de ser lo que es: un estado natural.

Nuestro cuerpo deja de ser nuestro cuando deja de pertenecernos y comienza a pertenecer a la mirada de los demás.

Una mirada que nos mete en la categoría de “santa” o “puta” de acuerdo a la cantidad de piel que se exhiba.

Como una manera de recordarnos que no somos consideradas “personas que valen y merecen respeto”, independientemente de cómo se vistan y de los prejuicios de los demás, que somos consideradas “cosas” que le sirven a esa mirada.

Una mirada que no fue educada para ver un pezón femenino sin sexualizarlo, donde lo único que tiene es morbo y por eso es incapaz de apreciar la grandeza de la desnudez como una expresión de poder y de autonomía.

Esta es la razón por la que resulta tan molestoso para muchos que las mujeres decidan desnudarse en una marcha feminista para protestarle al mismo sistema que las cosifica, las viola, las oprime, para demostrarle que su cuerpo no le pertenece y que ellas deciden dónde y cómo se exhiben, porque el cuerpo es un arma política.

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Por eso se hace tan molesto ver a una mujer que decide bañarse en la playa con sus “tetas” al aire, porque se siente libre y dueña de su cuerpo, no para provocar a nadie.

Por eso molesta tanto ver a una mujer sin brasier, porque ella decide hacer normal lo que es normal: «que todos tenemos pezones» y que los únicos que se sexualizan son los femeninos.

Esta molestia que genera el desnudo femenino en muchos hombres y mujeres, revela que cuando somos nosotras que tenemos el control sobre nuestros cuerpos, no es tan bien visto.

Revela por qué el desnudo en el porno no molesta, porque es controlado y le sirve al placer masculino.

Revela por qué los pezones en los comerciales de bebidas y de carros no molestan, porque es controlado y le sirve al placer masculino.

Porque nuestro cuerpo le ha servido al sistema de una manera incansable, y hemos aprendido a asumirnos como “máquinas” para parir, cuidar y satisfacer sexualmente al placer masculino.

Revela que nuestro cuerpo tiene que ser un objeto de deseo y satisfacción de quién lo mira, pero nunca un cuerpo que gobiernan sus dueñas.

Porque cuando nosotras decidimos cuándo, dónde y el tamaño de la falda que usamos, entonces deja de ser lindo y se convierte en “ofensivo”, para muchos hombres y mujeres.

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Una ofensa que me confirma el valor de una frase que leí en un artículo que decía: «El cuerpo de los hombres es un cuerpo, el de las mujeres solo carne».

Imagen del muro de Instagram de @carlota_guerrero

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