Educación | Reflexiones

Saber es sentir a tiempo

Hace unos días recordé lo que mi profesora de literatura siempre decía: “Saber es recordar a tiempo”, y con los años he entendido que para recordar hay que sentir, porque no hay aprendizaje sin emoción.

Por eso, ahora entiendo que “Saber es sentir a tiempo”, porque no hay calificación que pueda representar las emociones que sentimos cuando aprendemos lo que conecta con nosotros, no con el resultado.

Y cuando el sistema nos valida por calificaciones nos enseña a memorizar para responder, no a emocionarnos por aprender porque lo aprendido nos mejora, porque lo aprendido tiene sentido cuando nos enseña a ser mejores humanos, porque lo aprendido nos ayuda a construir en colectivo, no a brillar en solitario.

Por eso, nunca me han importado las calificaciones de mis hijos, porque sé en carne propia lo que significa que te reconozcan por un número y la presión que te construyes a ti mismo por alcanzar ese número para ser visible para el sistema.

El aplauso que trae ese número hace que muchas veces te olvides de vivir y entender, porque solo te enfocas en memorizar para responder y demostrar que vales.

Y lo más importante se deja de lado, que siempre será la experiencia del aprendizaje, porque sin emoción no aprendemos.

El mundo necesita gente que sienta lo que aprende porque conecta con lo que vive y porque deconstruye el contenido y lo moldea a su ritmo. 

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Desde ahí lo aprendido cobra sentido, porque le dimos nuestro sentido.

Y desde mi trabajo en aula he visto cómo el sistema educativo sigue enfocado en seguir presionando para la competencia.

Desde mi trabajo con familias sigo viendo como se sigue reconociendo los números, y en eso se olvida que en demasiados casos terminamos convirtiendo a las personas en el número. 

Y por eso hay tantos profesionales que no saben construir ideas, que no tienen la capacidad de analizar situaciones cotidianas para tomar decisiones, que no pueden trabajar en equipo sin sentirse menos y sin compararse, que no saben lo que quieren en la vida porque solo se les enseñó a escalar sin saber hacia dónde los lleva la escalera.

Con los años, he aprendido que para ser exitoso en la vida se necesita aprender a ser humano primero e identificar el tipo de persona que queremos ser, porque desde ahí sabremos elegir lo que queremos aprender para convertirnos en nuestra mejor versión, porque identificamos aquello que conecta con nosotros, con quienes somos. 

El problema es que cuando nos conectan con el valor del resultado, nos desconectan de la experiencia de identificar quienes somos en el proceso y definir con qué conectamos, porque lo que vale no es quien aprende, sino lo aprendido mostrado en números que sólo revelan lo memorizado.

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Por eso, sigo insistiendo en que resaltemos a los humanos que aprenden, en enseñarles a identificar cuando es suficiente, a no dejar de vivir para memorizar, aprender a deconstruir conceptos obsoletos, a cuestionarlo todo para construir sus propias ideas.

Por eso, sigo insistiendo en que nuestros hijos aprendan a mirar a los demás en colectivo, a entender que el aula es la pequeña sociedad que ellos construyen y destruyen con un saludo, con un ataque, con un aporte a un amigo que necesita un abrazo.

Por eso, sigo priorizando las emociones más que las calificaciones, porque cuando la gente se siente bien, cuando se siente reconocida y apoyada, aprende, porque la experiencia le recuerda que vale por mucho más que el resultado.

Por eso, ahora decido lo que quiero aprender y cómo lo quiero hacer, porque tengo muy claro que el mundo se cambia con ideas, no con calificaciones.

Y para que las ideas tengan fuerza necesitan humanos que adornen las ideas, no al revés.

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