Una tarde maravillosamente extraña

Mi esposo y yo llegábamos en nuestro vehículo al parqueo de un edificio empresarial de la ciudad de Santo Domingo, donde teníamos una reunión de trabajo. Era viernes en la tarde y escuchábamos música.

Cuando llegamos al parqueo nos dimos cuenta que no habían espacios libres, por lo que nos dispusimos a salir a parquearnos en la calle, cuando de repente sale un chofer muy amable, nos hace señas de que esperemos, mueve su carro y sale del edificio despidiéndose con una sonrisa genuina; mi esposo y yo nos miramos y sólo dijimos “¡Wao qué amable!”.

Cuando entramos al edificio nos recibe la recepcionista y le preguntamos si necesitamos darle algún documento para dejarnos entrar, a lo que ella, con una sonrisa, nos responde que no es necesario, que podemos pasar. En ese momento solo nos miramos con cara de asombro y nos preguntamos: ¿Qué tiene esta gente que es tan amable? porque era raro, no lo creíamos.

Para rematar, cuando estábamos en la reunión, mi estómago me confirmaba que no había comido y ya eran casi las 4 de la tarde, por lo que le pregunté a la persona con la que conversábamos si podía pedir algo por delivery, y de una manera automática se paró de la silla y me dijo: “espera, traeré algo de comer”. Cuando regresó con una picadera, me sentía en deuda con el universo, porque era demasiado grato lo que habíamos vivido en menos de una hora.

Esa tarde maravillosamente extraña nos hizo reflexionar en que hace falta gente extraña en el mundo, que estamos acostumbrados al canibalismo en que vivimos, que nos sorprende el agradecimiento, la amabilidad, el trato amigable.

Lo más impresionante del caso, es que todas las personas que hicieron esa tarde maravillosamente extraña no se graduaron en Harvard, no tenían maestrías, ni un curriculum kilométrico, eran personas sencillas, con un gran sentido humano, personas comunes que supieron ser más educados que una de las gerentes que casi nos choca cuando entraba como si fuera en la Formula 1 cuando salíamos del carro.

Ese día confirmamos que nos estamos enfocando en ser menos humanos, los diplomas, el dinero y el cargo muchas veces nos nubla y nos hace perder el rumbo.

Esa tarde fuimos felices y entendimos el verdadero sentido de la vida: Dar sin esperar nada a cambio.

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