No quiero que mi hijo me odie

Una amiga me llama al celular con tono de desesperación, para pedirme ayuda con el caso de su hijo adolescente, que tiene un noviazgo con otra adolescente.

La situación es que mi amiga no quiere que su hijo visite a su novia los días de semana, porque quiere que se enfoque en sus compromisos escolares y porque el jovencito necesita tutoría en las materias en las que está flojo, además de que no puede llevarlo a la casa de la novia los días de semana, por su trabajo, y no quiere que vaya solo porque viven muy lejos.

Le pregunto que por qué no habla con su hijo, le explica la situación y conversan sobre la idea que tiene de que se vean los fines de semana y que en la semana hablen por teléfono, a lo que ella me responde que le da miedo hacerlo porque no quiere que su hijo la odie por eso, que no se atreve a decírselo porque “él adora a su novia y que ella no quiere que el se ponga como se sabe poner con ella”, y que se complique el asunto.

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Cuando escucho su planteamiento me quedo unos minutos meditando en lo que le voy a responder y confirmo una vez más una de las razones por la que estamos fallando como padres y madres: “Le tenemos miedo a nuestros hijos e hijas”.

Mi asombro se agudiza cuando luego de explicarle la importancia de que ella converse con su hijo y le explique que ella ha tomado esa decisión por su bien, ella prefiere conversar con la madre de la novia de su hijo, para que sea ella quien plantee la regla, porque tiene miedo de asumir las consecuencias de ser ella que lo haga.

Esta llamada me hizo remontarme a mi época de niña, y recordar que mis padres, tíos y los padres de mis amigos no lo pensaban dos veces cuando tenían que decirnos que NO a alguna petición, y no recuerdo que nos tuvieran que llevar al psicólogo por algún trauma o daño psicológico.

Luego de terminada la conversación me vinieron a la mente varias preguntas: ¿Qué ha cambiado en los padres y madres de hoy? ¿Qué fue lo que nos dijeron que nos hizo tenerles miedo a nuestros hijos e hijas? ¿Por qué nuestros padres sabían lo que tenían que hacer, con menos información que nosotros?

Hace 20 años, los psicólogos no le habían dicho a los padres de la época todo lo que nos han dicho a nosotros, y ellos no tenían que recurrir a un iPad o a un viaje a Disney para lograr que sus hijos se comporten; lo hacían con una mirada, sin ni siquiera abrir la boca.

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En estos más de 16 años que llevo siendo madre he confirmado que la crianza implica constancia, implica que tengamos que mantenernos firmes ante una decisión que hemos tomado y hacer que se cumpla, aunque nuestros hijos lloren y hagan berrinches; porque de eso se trata, de formarlos, y esto es lo más difícil del cuento, porque implica que tengamos muy claro lo que queremos lograr con nuestros hijos e hijas y trazar las pautas que ellos deberán seguir para lograrlo.

Estamos eligiendo el camino fácil de no asumir nuestro rol de formadores, estamos queriendo ser “los chéveres”, “los panas”, “los que no ponen reglas”, “los ligth“, para caerles bien a nuestros hijos, y estamos dejando vacío el espacio que fue destinado a nosotros, por lo que están creciendo huérfanos de guías, de las personas que se suponen deberían formarlos, de los que mandan, de autoridad; que es vital para la formación de personas funcionales.

El cuento ha cambiado y no nos hemos dado cuenta, el partido ya comenzó y los jugadores no están en el estadio.

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