Los hombres no son los malos de la película

Terminando una conferencia para mujeres, por motivo del día de las madres, recuerdo que la gerente de la empresa que nos contrató quedó tan emocionada con el resultado que me pidió una para los hombres, para celebrar el día de los padres con los empleados de la empresa.

En ese momento sentí un frío en el estómago, esa sensación de cosquilleo que me da cuando algo me gusta y me reta. Desde ese momento me propuse entrenarme en el tema de masculinidad y entender mejor el origen del machismo, y de los comportamientos que según la sociedad definen el término “hombre”.

Mientras investigaba, y con la receptividad que expresaron los más de 300 hombres que asistieron a la conferencia entendí que ellos, al igual que nosotras, son víctimas de una sociedad que los entrena para ser y demostrar que tienen pene cada microsegundo.

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Entendí que están atrapados en un traje que aprieta y que se les hace muy difícil quitarse, porque desde que nacen les inculcan de manera intravenosa que no pueden llorar, que no pueden ser sensibles, que no pueden elegir ni mostrar ningún comportamiento que corresponda al mundo femenino como los quehaceres del hogar, la crianza, amar y enamorarse de una sola mujer, elegir una carrera que le guste, decir que no quieren sexo, y muchos otros a los que ellos obedecen.

Entendí que su aprendizaje sexual es obra de lo que les ha enseñado la pornografía, la calle y la experiencia, que desde pequeños les imprimen que ser hombre es piropear y acosar, por lo que al igual que nosotras necesitan aprender a expresar el amor a través del contacto, necesitan que los guiemos para que aprendan a tocarnos con el alma, a ver más allá de los senos, y las curvas, a humanizar el placer, y eso amerita reeducarlos.

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Entendí que, igual que nosotras, necesitan desmontar el modelo de varón que les han vendido, que nosotras como mujeres también compramos, porque también pertenecemos y hemos sido criadas en el mismo modelo que criticamos. Un modelo que no los define, por lo que necesitan construir su propio modelo, uno más humano, más sensible, más positivo, que no los deje solos en el camino.

También entendí que sí están dispuestos a aprender, que sí quieren que los ayuden, que sí quieren que los guíen para ser mejores parejas, mejores padres y mejores humanos.

Esa experiencia me demostró que para lograr su atención, para que entiendan y estén receptivos necesitan lo que todos necesitamos, ser respetados no acusados, que se metan en sus zapatos para que entendamos cuánto aprietan, que dejemos de etiquetarlos y comencemos a ayudarlos a ver con otros lentes, a asumir otros roles, a conocerse y a expresarse desde la libertad de ser varón a su manera.

Para eso tenemos que desconectarlos del sistema homofóbico que los define como lo opuesto a la mujer, que los entrena para que sean machos, porque cualquier aroma de sensibilidad y humanidad huele raro.

Confieso que esa experiencia me marcó positivamente y me hizo entender que los hombres no son los malos de la película, que son tan buenos como nosotras, y que necesitan que los ayudemos a ser protagonistas, y para eso necesitamos trabajar en equipo desde la misma familia.

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