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Lo que hago todos los días para ser bella

Me encuentro con mucha gente en la calle que me ve en la televisión, o que me sigue en las redes, y es frecuente que se asombren cuando no me ven “producida”; cuando confirman que detrás de la imagen que conocen hay una mujer que con los años le ha cogido con disfrutar su cara lavada, salir en ropa muy cómoda, y muy despeinada.

Me agrada mucho cuando converso con esas personas y me dicen “eres más linda en persona”. Me encanta, porque trabajo todos los días para ser bella respetando el concepto de belleza que conozco y que me parece más coherente y diverso.

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El concepto al que me refiero es a ese que defienden filósofos, antropólogos y terapeutas tan respetados como el gran Jorge Bucay, ese concepto que nos enseña que la belleza no es otra cosa que la cualidad en algo o en alguien que hace que al percibirlo con los ojos, con los oídos o con la mente, sintamos cierto regocijo o placer.

Ese concepto me encanta y me sirve, porque es mucho más abierto al hueco y frío que nos han vendido, ese que habla solo de simetría, de medidas, de colores, de estereotipos.

La moda, los medios, las telenovelas, la pornografía, la publicidad y todos los mensajes que abundan en la sociedad de consumo en la que vivimos nos han hecho creer que hay un solo tipo de belleza que tenemos que perseguir hasta perder la vida en un quirófano, o vivir en depresión por llevar una dieta eterna para vernos de una manera, y que “solo así conseguiremos el éxito” y “se nos abrirán todas las puertas”.

Estamos viviendo en un momento de la historia en el que la belleza física está sobrevalorada; en una época en la que ser atractivo es el proyecto de vida de muchos.

Estamos viviendo la época de los cuerpos sin cabeza, de maniquíes vivientes que lo único que saben es adornar, porque han comprado el concepto y no se han detenido a pensar que para ser realmente bello se necesita mucho más que unas medidas, unos cuadritos, un maquillaje.

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Mis vivencias y las personas que conozco diariamente confirman mi concepto de belleza, y precísamente por esa experiencia es que cada año que pasa respeto más la frase que he adoptado: “Todo por la comodidad”, porque la que me han vendido que dice “todo por la belleza” me aprieta, me inflama el alma, me presiona y no me deja fluir.

Las personas más hermosas que conozco me impresionan sin verlas, me sacan una sonrisa con solo recordar su manera de ser, me halagan con su existencia porque su belleza radica en que se han pulido como personas, porque se sienten orgullosos de ser y porque brillan con luz propia.

Son humanos que tienen la capacidad de enamorarte con una frase, que un abrazo tenga la capacidad de reiniciarte el alma, que su compañía aporte tanto que la quieras repetir.

Con esto no estoy diciendo que no me arregle y que promueva la idea de vivir descuidados, NO, todo lo contrario; lo que estoy proponiendo es que no nos olvidemos de lo interior, lo que estoy proponiendo es que así como entrenamos el cuerpo entrenemos el intelecto; que así como no podemos salir sin maquillaje no podamos salir sin tener un propósito de vida; que así como vamos al cirujano cuando queremos mejorar nuestra apariencia, busquemos ayuda psicológica para sanar heridas emocionales y afrontar la vida con una mejor actitud.

Lo que propongo es que dejemos de usar solo los ojos para ver a los demás, que aprendamos a percibir su belleza con los demás sentidos, a valorar su esencia y a entrenar nuestro cerebro para descubrir la belleza de la diversidad.

Pienso que cuando lo logremos seremos más libres, más auténticos y más felices. Yo lo confirmo.

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