mujer-triste

La mujer que no pude ayudar

Llevo años viendo cómo mi madre hace lo imposible por ayudar a la joven que trabaja como empleada doméstica en su casa, una mujer de 22 años, con una historia de abandono familiar, de analfabetismo, de violencia doméstica, de ser víctima de un hombre maltratador que la conoció cuando tenía 14 años y la envolvió en un mundo de maltrato, la embarazó y casi la mata cuando ella lo dejó.

La historia de ella es tan triste, que cuando la escuchas entiendes su cara de pistola, su actitud tosca, su personalidad un tanto indiferente cuando la llamas, porque casi no escucha de un oído por un golpe que le dió su padre de niña.

Mi familia la ha acogido como una hija más, la han ayudado en lo que pueden, le compraron un colchón para que su hija y ella dejen de dormir en el suelo y le han aportado económica y emocionalmente lo que pueden.

Lo que duele, es que no es suficiente.

La joven ha presentado un problema gástrico serio por el estrés constante en que vive y por su mala alimentación.

De verdad que no se cómo pueden comer con lo que gana, es que pagar casa, comprar comida, más una niña de 3 años es demasiado para una mujer que no tiene a nadie.

Su caso me parte el alma, porque ella tiene que resolver como puede para poder trabajar, porque la señora que la cuida ya no se quiere quedar con la niña, porque dice que esta es muy violenta, que dice muchas malas palabras y que baila muy feo, que no obedece y que para colmo no entiende cuando le hablan.

Lo más penoso, es ver cómo la vida la sigue golpeando, precísamente porque ella es una víctima de su propia existencia, porque ella no cuenta con las herramientas intelectuales y emocionales para empoderarse, y la sociedad en que vivimos es para fuertes.

También puedes leer: El mensaje oculto de la adolescente suicida

Ayer me llamó mi madre para decirme que ella no durmió del dolor en el cuello, y que tiene un hematoma.

Cuando mi madre le pregunta por qué tiene ese golpe, la joven le cuenta que fue al hospital a realizarse una endoscopía que le habían indicado hace tiempo, que fue sola porque no tiene a nadie, y la doctora le dijo que ella es responsable de lo que le pase, porque para ese procedimiento se necesita ir acompañado, para que puedan asistirlo por la anestesia. Le contó que firmó, y que al quedarse dormida luego, le dieron un golpe para despertarla, que la aturdió y le creó ese hematoma.

Mi madre se encargó de ayudarla (otra vez) para reclamarle al hospital, y de ofrecerle el apoyo que pudo.

Yo, desde afuera, desde la visión de otra mujer igual que ella que intento ponerme en sus zapatos y me desbaratan los pies de tanto que aprietan, me imagino su carencia. Digo “me imagino” porque estar en su piel duele.

Veo a su hija y lo que pronostica su vida, y duele más, porque probablemente será igual o peor que la de ella, porque ellas no le duelen a nadie, porque sus necesidades básicas nunca han estado cubiertas, porque nacieron en una sociedad en las que si no tienes familia, si a la familia no le importa tu vida a nadie le importa, por lo que ella y todas las mujeres, niñas y adolescentes que veo a diario que están bajo esa misma situación les llamo “las víctimas del sistema”.

Lo penoso del caso, es que la misma sociedad, las familias que sí cuentan con las herramientas emocionales, que disponen de la estructura, que cuentan con el apoyo de otros que se cuidan y se importan, son los primeros en juzgarlas, en etiquetarlas cuando salen embarazadas, y serán los primeros en culpar a la madre, cuando la hija salga embarazada de un fulano a los 12 años, por las mismas razones que salió ella, o que caiga en drogas, o que sea víctima de un proxeneta que la explote sexualmente.

Me duele que a la joven que trabaja en la familia de mi madre no puedo ayudarla como quisiera, me duele que llegará un momento en que mi madre tampoco podrá porque se cansará de intentar llenar un hoyo negro que no tiene fondo, me duele que ella es una muestra de una porción demasiado considerable de una sociedad que lo refleja cada día en los niveles de delincuencia, de embarazo adolescente, de drogas, de deserción escolar, de personas sin esperanza porque el estado se olvidó de ellos.

Recuerdo que en uno de mis viajes a Costa Rica, el señor que nos estaba dando el tour por la ciudad nos explicaba que la educación es obligatoria, que inclusive para los inmigrantes que no tienen papeles, cuando llegan al país se les exige que envíen sus hijos a la escuela, y les dan los útiles y el uniforme para que no haya excusa, que los hospitales son gratuitos y funcionan, porque hay una verdadera intención política de que así sea.

Cuando ví esto entendí por qué Costa Rica tiene una tasa de alfabetización de casi el 95%, lo que lo convierte en uno de los países más alfabetizados de América Latina.

Este solo hecho garantiza que los casos como el de la joven que trabaja en la casa de mi madre sean escasos, y que si suceden tengan un mejor pronóstico, porque la educación garantiza que no ocurran y que las personas tengan la capacidad de tomar decisiones que mejoren su calidad de vida y luchen con el entorno.

De la única manera que puedo ayudar a la joven que trabaja en la casa de mi madre es seguir haciendo lo que hemos hecho hasta el momento como familia, hasta que se pueda, y sensibilizar a quienes no entienden que no se puede juzgar la vida y los resultados de la vida de los demás sin conocer a fondo su realidad.

También puedes leer: Lo que revela el caso de Emely Peguero

Debemos dejar de culpar a las personas de sus desgracias y que desde nuestras posiciones aportemos un granito de arena para exigirle al estado una educación obligatoria, de calidad, y gratuita para todos; salud de calidad y gratuita para todos; políticas públicas que beneficien a la juventud y que le ofrezcan oportunidades que los ayuden a construir proyectos de vida.

De la única manera que podemos ayudar a la joven que trabaja en la casa de mi madre es saliendo de la burbuja de vida perfecta en la que muchos viven, y entendiendo que una gran proporción de la población dominicana nunca ha visto una burbuja.

One Response to La mujer que no pude ayudar

  1. Dariela 09/09/2017 at 7:27 PM #



    0



    0

    También soy partidaria de que aquello a lo que tenemos derechos sea obligatorio, porque de una manera u otra nos compromete con el deber…

Deja un comentario

DESCUENTO DE UN 50%

EN MI CURSO EN LINEA:

Descubre lo tienes que decir, cuándo y cómo. Sin temor, con seguridad, y lo más importante: con tus propios valores.

CÓMO HABLAR DE SEXUALIDAD Y SEXO EN LA FAMILIA

{{alt_text}}

OFERTA

Oferta limitada hasta el 30 de septiembre