Manos con vela

Nuestra identidad ilumina el mundo

En la infancia, hacemos lo innombrable para ser “los hijos buenos” con tal de ser reconocidos por los ojos de los adultos significativos, aunque eso signifique nublar lo que nos gusta.

En la adolescencia, demostramos y hacemos lo que sea por pertenecer a eso que está fuera de la familia, para reconocernos como independientes, aunque eso implique hacer cosas que no queremos para ser populares y aceptados.

Durante la adultez, trabajamos y nos enfermamos buscando un éxito económico que nos asegure reconocimiento y “respeto social”, aunque eso implique trabajar para comprar pastillas y morir solos.

Al final de la vida, nos convertimos en repetidores incansables de logros, de historias, de éxitos logrados, con la única intención de justificar los años vividos y de sentirnos reconocidos.

Las mujeres se esmeran en adornarse y transformarse, para que las reconozcan y las envidien por quienes no son, aunque les cueste la salud y su paz.

Los hombres se matan por llenar sus bolsillos y adquirir poder para ser reconocidos y respetados, aunque descuiden su familia por la falta de tiempo, aunque el cansancio haga que se enfermen en el camino.

Se nos gasta la vida buscando reconocimiento, con el fin de sentirnos importantes.

Pero quizás…

Quizás, cuando aprendamos a ser útiles a la sociedad en vez de importantes.

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Quizás, cuando reconozcamos que nacimos para aportar, no para facturar y recibir aplausos, dejemos de existir y comencemos a tener una vida con propósito.

Quizás, cuando nos enseñen a reconocernos no a esperar que nos reconozcan, a escucharnos no a escuchar lo que le gusta a los demás y a valorar eso que somos desde que vinimos al mundo; dejaremos de esperar que lo de afuera nos de algo que solo nos podemos dar nosotros.

Se llama “identidad”, se traduce en seguridad personal, y eso ilumina el mundo.

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