Los padres son mucho más que un nombre

Cada vez que hago una reflexión sobre el verdadero rol de un padre o una madre y cuestiono el hecho de respetarlos, admirarlos y agradecerles solo porque nos trajeron al mundo se arma “la de Troya”.

Se arma “la de Troya” porque muchos no han entendido que el respeto se gana, que el agradecimiento es el resultado voluntario de una crianza amorosa, que la admiración se construye con coherencia, que no es verdad que tener la misma sangre es suficiente para considerar a alguien como familia y mucho menos para honrar su nombre.

Es que para muchos se hace tan difícil entender que hay padres y madres que destruyen, que cortan alas, que deprimen, que apagan sonrisas, que son tan tóxicos para sus hijos que para tratarlos hay que usar repelente.

A esos padres y madres los conozco porque trabajo con muchos hijos e hijas rotos, con muchos adolescentes y jóvenes que se odian porque nunca lo amaron; que han vivido en su propia piel la herida del abandono o el ataque emocional de quienes los trajeron al mundo y debieron cuidarlos. Por eso digo que, para amar a esos padres que quizá estén más rotos que sus propios hijos, primero hay que perdonarlos, y eso no se puede forzar. Nadie puede forzar el amor y mucho menos el agradecimiento, ni siquiera la ley.

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Quizás para mi sea tan fácil entenderlo porque mis padres me lo enseñaron con su ejemplo, porque se ganaron a pulso que los llame “mis trofeos” y que entienda de manera voluntaria, no por imposición, que me faltará vida para agradecerles lo que soy. Quizás para mi es fácil decir que son lo primero en mi vida, porque siempre fui y soy lo primero para ellos, porque aún con 41 años me demuestran que dejan todo por verme feliz y pelean con cualquiera que intente hacerme daño.

Ellos nunca fueron mis amigos, siempre fueron mis padres, y me mostraron que no nacieron para caerme bien con sus acciones, que tenía que aprender a funcionar sola y a crecer con mis consecuencias y por eso los respeto.

Siempre me dijeron que no les debo nada, que su trabajo como adultos era programar su vejez trabajando duro, porque ambos vienen de familias muy pobres, por eso siempre han dicho que no quieren ser una carga para nosotros y así lo han hecho, y con eso nos enseñaron a no cargarlos a ellos con nuestras responsabilidades como adultos que somos porque ya crecimos. Nos mostraron la fortaleza de la autonomía y por eso los admiro.

Nos enseñaron a mi y a mis hermanos a ganarnos el peso trabajando, viéndolos a ellos trabajar. Son tan sabios, que nos enseñaron a usar el dinero, para que el dinero no nos use a nosotros, y por eso nos mostraron el valor de vivir para construir relaciones significativas con gente que amas, NO para impresionar miradas; nos enseñaron a tratar bien a quienes menos tienen para recordarles que también valen, nos educaron para apreciar los momentos pequeños, para nunca olvidar de dónde venimos, para saber discutir respetando las diferencias y para nunca perder la grandeza de aportar en la vida de los demás aunque sea vendiendo chicle.

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Esto lo escribo con toda la responsabilidad que tengo en mi rol de madre, porque le estoy enseñando lo mismo a mis hijos, porque tengo casi adultos y los quiero ver volar muy alto, sin que tengan el deber de devolver nada; porque yo decidí traerlos al mundo y mi deber siempre ha sido amarlos, cuidarlos, y enseñarles a volar sin cobrar lo que nunca pidieron.

Ojalá la vida me dé salud para verlos florecer como adultos y seguir aportando para reclamar por mejores condiciones de vida para los adultos mayores; ojalá pueda seguir luchando y reclamando que en mi país no se considere a una persona obsoleta desde que cumple 40 años, para que los adultos mayores puedan acceder a puestos de trabajo; para que la salud, la vivienda, la educación y el ocio no sean privilegios, y que sigamos siendo útiles en la sociedad en la que nacimos, porque valora la experiencia adquirida.

Ojalá pueda ver que los adultos mayores no tengan que exigirle a sus hijos que los cuiden, porque le enseñaron que los hijos no son transacciones, porque aprendieron a planificarse y porque el estado respeta y reconoce la importancia de una vida digna, para que no se conviertan en cargas para una generación que está muy cargada con sus propios problemas.

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¡Ojalá!

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