Lo que viví por ser gorda

Cuando me invitan a hablarle a los estudiantes y a sus familias sobre acoso, me siento más que segura de lo que les diré porque lo viví en carne y hueso cuando era niña, porque fui una adolescente de 11 años que pesaba 165 libras. Muchos me decían que parecía una ballena. Una niña con una cara muy linda, pero muy gorda.

Recuerdo una infancia siempre a dieta, no se me olvida el olor de una batida que me daban de comida para controlar mi ingesta de calorías. También recuerdo que me controlaban cuando iba a los cumpleaños, que los niños no se querían subir conmigo a los juegos porque decían que lo iba a romper. Era tan gorda, que muchos de los vecinos del barrio hacían pulso conmigo a ver si podían ganarme. En mi colegio, cuando habían dos niños peleando, me llamaban a mi para separarlos.

Cuando me decían “ballena”, o “manflota”, me reía como una manera de protegerme y de mostrar que no me afectaba, aunque esas palabras me rompían por dentro, porque odiaba mi cuerpo y me recordaban la razón. Y es que solo basta ser diferente para que el mundo entienda que tiene que restregárte tu diferencia, lo vivo a diario con mi cabello.

El real problema

Los niños y adolescentes que admiten ser acosados por compañeros de curso reportan que en muchos casos también lo son en sus familias, porque la misma familia no identifica que esa presión para que las chicas que nacieron con el pelo rizo se “peinen” porque están, según la sociedad, despeinadas; esa presión para que las calificaciones sean mejores o que se comparen con las de su hermano, que es un estudiante de honor; esa presión porque esa niña sea más flaca, para que seamos quienes no somos ocasiona que no valoremos nuestra esencia, y que nuestro amor propio disminuya al punto de desaparecer, lo que nos hace vulnerables al acoso.

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Cuando analizamos el caso del acoso escolar confirmamos que los acosadores generalmente tienen un comportamiento agresivo, una mala relación familiar, demasiada permisividad, falta de reglas claras, o todo lo contrario, un ambiente familiar muy estricto e impositivo, lo que reflejan agrediendo a los demás. Cada vez que una madre o un padre critica a sus hijos por una característica personal que tengan, cada vez que critica a alguien por su peso, por su color de piel o por su orientación sexual está promoviendo el acoso, porque enseña a sus hijos a hacerlo.

El problema del acoso escolar es que pocos centros escolares tienen reglas claras y acciones dirigidas a eliminar y prevenir el acoso. Pocos maestros y educadores reconocen el acoso y sus formas, y algunos lo minimizan entendiendo que son “cosas de muchachos”, lo que ocasiona que se alimente y que sea un factor determinante en la depresión que viven muchos niños, niñas y adolescentes de hoy.

El acoso de hoy

El acoso que vivimos hoy es más fuerte y ocasiona más daño porque no solo sucede en el ambiente escolar, sino que se extiende a las redes sociales, donde la víctima es acosada 24 horas al día, los 7 días de la semana.

Lo que estoy encontrando son grupos en whatsapp que se crean para que los estudiantes del curso voten por «la más gorda» de la clase, o por «la más fea», o que se armen grupos para criticar las chicas que suben fotos en bikini o desnudas a las redes, o se las envían a algún amigo, las cuales terminan siendo víctimas de ellas mismas.

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Sigo diciendo y mantengo que el acoso comienza en la familia, porque el ambiente familiar determina mucho cuánto se amen sus integrantes y cómo se relacionen con el mundo. Pero la escuela también es determinante en alimentar o eliminar el acoso, y para eso es necesario sensibilizar a toda la comunidad escolar para que sus estudiantes no se agredan, para que la misma escuela ayude a los estudiantes a mejorar su autoestima, para que los profesores se encarguen de identificar a las víctimas y a los acosadores para frenar el acoso, y para que se creen políticas escolares que lo definan y lo combatan.

Para que el acoso disminuya o se elimine tenemos que criar sin estereotipos de belleza construidos, tenemos que respetar y valorar las diferencias, tenemos que enseñar a nuestros hijos a ser sensibles frente al dolor del otro y a colaborar con la paz siendo amables y educados aunque no entiendan el comportamiento de los demás.

Para eliminar el acoso no podemos olvidar que la paz se siembra en la familia y se reproduce en la sociedad.

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