Bullying

Lo que viven quienes no son parte de la manada

No deja de sorprenderme la reacción (casi general) de las personas que habitan en sociedades tradicionales y conservadoras, cuando escuchan o identifican algo que no forma parte de lo que piensa o hace «la manada».

Es tan interesante ver cómo la diferencia de gustos, de comportamientos, de formas de ver la vida desata el “monstruo peludo” que muchos llevan dentro, porque sencillamente no entienden, no toleran o no fueron educados para respetar las diferencias.

El otro día estaba en una cena y me preguntaron que si quería un trago, y dije que no, que prefiero agua o jugo, y solo eso bastó para que me hicieran un interrogatorio de por qué no quería alcohol, con la secuencia de opiniones que no había pedido y con una que otra cara de sorpresa, porque en nuestro paisaje (República Dominicana) se bebe más alcohol que leche, y se promueve desde la familia.

Me pasa lo mismo cuando digo que no voy al salón, que no me pinto las uñas, que no me gusta el dulce, que no como bizcocho, que solo tengo una persona que me ayuda con los quehaceres de la casa y que va solo tres veces a la semana, y otras tantas cosas que para muchas personas resultan «anormales».

Las creencias

El problema se agudiza cuando hablamos de temas donde se involucran las creencias religiosas y morales que todos tenemos, y por mala suerte, la manada quiere medir el “nivel de pureza” de quienes no siguen el patrón y tocan temas neurálgicos como la homosexualidad y la creencia o no en Dios, para ver si te tratan bien o si te tiran los perros detrás.

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Vivimos en una sociedad donde el tema religioso se relaciona y mide todos los comportamientos sociales y que, en la mayoría de los casos, pesa más que las acciones. Entiendo que la religión gobierna las mentes de muchos, que miden y juzgan a quienes no promueven ni les interesa revelar sus creencias, porque tienen todo el derecho de hacerlo.

Cuando alguien me pregunta o quiere investigar mis convicciones y creencias se está metiendo en mi privacidad, y eso no lo tolero. Entiendo que si una persona tiene que medir tu nivel de bondad o si para tratarte bien necesita que le confirmes que eres cristiana, evangélica, apostólica o romana, o que vayas a la iglesia todos los domingos, o que le digas que odias a los homosexuales y que es algo aberrante, te está revelando su grado de inteligencia y de sentido común, por lo que no merece que pierdas tu tiempo dando explicaciones que no llenarán ese hoyo negro.

Mi visión

Mi convicción y mi visión de la vida me guía a actuar bien sin mirar  a quién, porque es lo que he aprendido, a ayudar a los que puedo, a aportar mi huella positiva en el mundo para tener paz interior, no para quedar bien con nadie, ni porque me están viendo, ni mucho menos porque me pasarán una factura.

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Entiendo que cada quien tiene derecho a creer y a decir lo que quiera, y eso lo respeto sin discusión, lo que no tolero ni acepto es que me quieran medir con una “vara de una doble moral” que manda a todos a aparentar que son buenos, a escudarse en la “palabra de Dios” y a ser expertos conocedores de los versículos de la Biblia, para esconder a verdaderos monstruos sociales.

A pesar de que crecí en una sociedad que me aportó sus valores, que nací en un país que promueve o incluso impone sus creencias y patrones sociales, me rehuso a ser como la manada y a ajustarme a rajatabla a convicciones que no me convencen.

Prefiero seguir investigando, prefiero mil veces tener paz interior porque soy coherente a lo que me cuadra; prefiero seguir aportando mi huella positiva en el mundo respetando lo que los demás quieran hacer con su vida, porque me hace sentir mejor persona, no porque a otro le guste o no.

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