Pareja romántica en la playa

Lo que pasó en mi primera noche de bodas

Ayer recordaba el momento justo cuando mi esposo y yo entramos a la habitación del hotel en nuestra primera noche de bodas, y me reía sola.

Recordaba que mi recién esposo y yo nos mirábamos, y parecíamos dos niños en un día de reyes, no sabíamos qué hacer por la emoción de la libertad de estar solos, sin tiempos, sin la presión de mi policía eterna, mi madre, sin el miedo a que nos encontraran.

Esa libertad y ese olor a nuevo que se siente cuando el noviazgo se vivió por etapas, cuando todo comenzó con agarraditas de mano a escondidas, con esos permisos que nunca se dieron, y esas llamadas telefónicas extendidas en las que aprendimos a sentir el placer de una buena conversación, dan como resultado quemar etapas que son necesarias para madurar el amor a fuego lento.

El presente

Lamentablemente, ese escenario ha cambiado. La tecnología y la modernidad nos han traído relaciones más intensas, donde todo se vive al vapor y a fuego alto, y no se respeta el tiempo que debe durar cada alimento para que esté en su punto antes de ser consumido.

Las cosas han ido de un extremo a otro y en el camino se ha perdido el romance, la magia de conseguir lo que no es permitido, y se han cambiado las agarraditas de mano por fotos y vídeos de desnudos que se envían por las redes sociales. Los adolescentes de hoy están viviendo en patines, y nosotros les quitamos los frenos.

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El equilibrio

Mientras recordaba esa época, me llegó a la mente una adolescente que me preguntaba hace unos meses que cómo podía enamorar a su novio, y se quedó sorprendida cuando le respondí: “Frénalo un poco, date importancia y no le des todo lo que te pide; vivan las etapas paso a paso”. Se quedó mirándome con cara de preocupación y me dijo: “Ya es muy tarde para eso”. La miré y le dije: “Nunca es tarde para darte el valor que tienes, y enseñarle a los demás a hacerlo”.

Creo que se ha perdido el equilibrio, que es tan necesario para que todo funcione en la relación de pareja; y no me refiero sólo a lo sexual, me refiero a los detalles, a entender que no siempre se puede, y que si le ponemos unos patines a un niño que aún no camina, va a suceder una tragedia.

Entiendo que se nos ha olvidado explicarles cómo pueden frenar, y no lo saben simplemente porque no le hemos enseñado; porque los medios se están encargando de vender realidades y fantasías que no aplican para todos.

Lo curioso del caso, es que cuando estaba en mi época de noviazgo me sentía frustrada en muchas ocasiones, ya que no podía hacer muchas cosas que hubiera querido, porque sencillamente no me dejaban, porque teníamos miedo de fallar, porque nuestras familias nos habían enseñado a frenar y nos pusieron muy claro lo que esperaban de nosotros.

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No me arrepiento

Ahora lo veo, y me siento honrada de haber vivido esa carencia de libertad, agradecida de que me hayan enseñado a cocinar la vida a fuego lento, porque al final comemos mejor y disfrutamos más cada bocado.

Mi abuela siempre decía: «Lo que rápido llega así mismo se va, y las cosas hay que ganárselas para valorarlas».

Creo que esta generación lo tiene todo muy rápido y quizás por eso disfruta y aprecia menos la vida. Como padres nuestro trabajo es enseñarles a ir despacio, para que puedan apreciar el paisaje.

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