Mano de Santa Claus

Lo que dejó Santa Claus en mi casa

El año pasado, cuando mis hijos abrían los regalos de navidad «que les dejó Santa Claus» debajo del árbol, mi esposo y yo nos quedamos observando cómo abrían uno y ni siquiera apreciaban lo que contenía, por la ansiedad de abrir el otro.

Observamos que no sabían con cuál jugar, porque tenían demasiado, y que estaban ansiosos por visitar a los tíos y abuelos para que le den más regalos, sin apreciar los que ya le habían dado.

Esta experiencia no nos gustó y nos dejó una sensación agridulce en el estómago, porque sencillamente no es lo que queremos que aprendan.

Este año hicimos una reunión familiar y le preguntamos qué querían de navidad, pero que fuera algo que realmente necesitaran. Luego de mirarse entre ellos, se quedaron en silencio, por lo que confirmamos que no necesitan nada, que lo tienen todo. Entonces les dijimos que nuestro regalo no sería material, sino más bien una experiencia familiar, ya que nos tomamos 15 días de vacaciones para compartir con ellos, para jugar juegos de mesa como siempre quieren, para pasarnos todo el día en pijama como tanto les gusta, para salir a patinar, a comer helado, a conversar en la mesa, para reencontrarnos.

Les dijimos que ese regalo es el que queremos darles porque entendemos que vale más que cualquier cosa material que podamos comprar. Mi trulla se miró y le gustó la idea, se sintieron raros con la propuesta al principio, pero luego la asimilaron y comenzaron a entender el mensaje que queremos que aprendan.

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Lo que debemos hacer

Nuestra misión es que más que ser parte de la maquinaria consumista que nos quieren vender, más que ser felices con regalos que se rompen en segundos, aprendan a darle más valor a las experiencias en familia, a lo que realmente vale.

Queremos que entiendan que somos parte de una sociedad que nos quiere vender que valemos por las cosas que tenemos, y que cuando no las tenemos no somos nada, y eso además de falso, es un verdadero abuso.

Cuando abrí mis redes el 25 de diciembre y vi todas las fotos de mi muro, con arbolitos de navidad repletos de regalos para un solo niño o niña, entendí que estamos metidos (inconscientemente) en un sistema tóxico de consumo, que le está reproduciendo a nuestros hijos lo mismo, y que les está enseñando lo que los medios y el mercado ha querido: a comprar y a valorarse por lo que tienen.

Lo mejor del caso es que comprobé que los niños no se traumatizan si no reciben regalos materiales debajo del árbol; que pueden sobrevivir y no se les cae un brazo si se levantan y no ven lo que están acostumbrados, porque los míos sobrevivieron y fueron felices el 25 de diciembre, disfrutaron momentos de calidad conmigo y su papá, jugamos con los mismos juguetes que tienen desde hace tiempo y pasamos un momento de calidad que no se rompe ni se daña.

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Lo que aprendí

Confirmé que somos nosotros los que tenemos esa ilusión en nuestras mentes, que somos los adultos que estamos obsesionados con darle a nuestros hijos lo que no nos dieron a nosotros, y que no nos damos cuenta el daño que le hacemos y lo que le estamos dejando de dar, que no se compra con dinero, y que es lo que realmente los llena.

Entiendo que la navidad es para aprender a dar y si nos da el tiempo, a reflexionar qué hemos hecho en el año para que haya valido la pena y qué haremos el que viene para aportarle algo al mundo.

Comencemos por cambiarlo desde nuestra familia, comencemos por no reproducir en nuestros hijos el consumismo, que tanto daño le está haciendo al mundo. Comencemos por nosotros.

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