Elaine Féliz sentada

La gente mala puede ser la más buena

Nos educan para etiquetar, para juzgar y rechazar lo que no se parece a nosotros, lo que se opone a lo que predicamos, lo que no entendemos porque es diferente, lo que nos dijeron que era “malo” para que nos diera miedo acercarnos y comprobar la teoría.

Nos programan para convencer a los demás de que vivan y piensen como nosotros, que discutir es aplastar a quien no opina como tú, que debatir es insultar a quien tiene un argumento diferente, que tenemos que responder para ganar, porque para escuchar y respetar la diferencia se necesita tener la suficiente humildad de querer aprender de esa diferencia y la certeza de que cada quien tiene algo bueno que enseñarnos, siempre y cuando estemos en la disposición de ver, no te etiquetar.

Las mejores enseñanzas de mi vida me la han dado personas que han tocado un fondo muy oscuro; gente que ha vivido situaciones incontables, que ha sabido lo que es el dolor intravenoso del rechazo, que ha vivido en el calvario de una adicción, que ha sido víctimas de sus propias decisiones, de sus depresiones, de su desobediencia con causa.

Humanos que han vivido crisis reales, aprendizajes que solo te dan en el campo de batalla, cuando rascas el fondo; lecciones que los ayudaron a salir fortalecidos, dispuestos a compartirlas con quienes quieren ver mucho más allá de las etiquetas, con quienes tienen la capacidad de quitarlas con su empatía, que miran con el alma y toman la decisión de ver lo bueno, de saber que la grandeza surge de un cúmulo pulido de errores superados, que para brillar hay que saber estar apagado y aprender a encontrar cómo prendes, que cada historia nos enseña; que la gente que nos dijeron que era “mala” porque no es “perfecta” puede ser la más buena porque admite y exhibe con grandeza que es imperfecta, porque el dolor le quitó la careta, porque el fondo les enseñó a valorar lo que vale, no lo que vende.

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Por eso es tan hermoso escuchar a quienes rescatan sus errores y no fingen que no sucedieron, que se adueñan de sus lecciones y superan las etiquetas sociales y los prejuicios exhibiendo la paz de saberse más humanos.

Conocer a esos guerreros nos mejora, porque nos muestran otros mundos, nos ayudan a desaprender, a entender y a cuestionar eso que nos dijeron, a romper con ese muro que nos impedía ver con otros lentes o a limpiar los nuestros, a apreciar eso que no se parece a nosotros y a conectar desde una mirada más receptiva, desde la apreciación de lo grandioso de la diversidad.

Por eso insisto que viajar y conocer otras realidades debería ser un derecho humano; que salir de la burbuja social, de la zona cómoda, de la vida de Disney que viven muchos los ayuda a romper muros mentales; que conocer toda la gente que la vida nos alcance, aprender a escuchar sin juzgar, leer y vivir nuevas experiencias nos permite ver el universo, no solo nuestro mundo.

Seamos más receptivos con lo de afuera, y nos iluminaremos por dentro.

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