Elaine ¿Cómo enfrentas los ataques de la gente en las redes sociales?

Es una pregunta que me hacen con frecuencia y que siempre respondo de la misma manera: “Entendiendo que quien me ataca habla más de sí mismo que de mi, construyendo una vida fuera de las redes sociales que deje un legado, aportando con mis acciones el cambio que quiero ver en el mundo, y teniendo paz porque tengo la capacidad de ignorar a quienes me atacan sin la necesidad de atacarlos”.

Mi trabajo me ha enseñado a enfocarme en todos los mensajes grandiosos que recibo a diario, lo que me ayuda a desenfocar los malos.

Y defino “atacar” para quienes dicen que “opinar” no es atacar. Atacar, según la RAE, es la acción de perjudicar, destruir, o criticar con palabras denigrantes u ofensivas. Que no es lo mismo que opinar de una manera respetuosa, con la única intención de aportar una diferencia de pensamiento sin la intención de dañar o insultar.

El odio

La gente que vomita su odio en mis redes lo hace también en otras redes, y de seguro lo hacen también en su vida, porque quien no tolera que pensemos diferente vive con los guantes puestos, y en esa pelea destruyen vidas, sobretodo la propia. Es que vivir a la defensiva es el primer acto de guerra.

El odio y el acoso a quien plantea una idea o piensa diferente es un reflejo de la intolerancia a las diferencias que aprendemos desde que somos niños. Nuestra sociedad nos vende el odio a través del ataque que hace la misma familia a quienes son diferentes o piensan diferente al modelo familiar; desde la religión, desde la política, desde la publicidad y desde el entorno social que nos enseña a tratar mal a quien es diferente porque se considera como una amenaza.

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Las redes sociales se han convertido en el escenario perfecto para señalar a quien comete un error, a quien no opina y no vive según nuestro modelo de mundo y etiquetarlo de malo, de destruir su reputación para que nadie le crea, para que se desespere, para que se vaya o para que haga silencio, uno de los conceptos que más muertes ha causado a lo largo de la historia de la humanidad.

Lo más triste de esto, es que el mundo adulto es el primero que condena el bullying que hacen los niños, niñas y adolescentes en la escuela; los adultos son los primeros que apoyan las campañas antibullying en las escuelas, que comparten los videos que hacen marcas contra el bullying, que le pagan a expertos para que eduquen en las escuelas para frenar el bullying, que dicen no entender qué mueve a un estudiante a agredir y a entrar con un arma a una escuela y matar a compañeros de clase; cuando es ese mismo mundo adulto que está haciendo lo mismo en las redes, es ese mismo mundo adulto que ataca de una manera agresiva a quien plantea una idea diferente y no mide el impacto de ese ataque.

Quienes compartimos ideas en las redes, quienes hacemos el trabajo de aportar lo que aprendemos y de ayudar a quienes nos solicitan un consejo no le debemos nada a nadie, no trabajamos, ni tenemos el compromiso de caerle bien a todo el mundo, ni de decir lo que muchos quieren que digamos para considerarnos valiosos. Nuestras ideas son nuestras, y así como yo no entro a los muros de nadie a atacar porque no estoy de acuerdo por cómo piensa, también tengo el derecho de ignorar, de bloquear o de mandar a tomar café o vino a quienes entienden que pueden entrar a los muros de la gente y vomitar su odio.

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La historia detrás

Cuando he conversado con adolescentes en conflicto con la ley, con trabajadoras sexuales, con estudiantes que hacen bullying, esos que el mundo considera “perversos y poco valiosos” he entendido que también tienen un lado humano y que hay una historia detrás de su comportamiento, que en muchos casos habla de heridas, de abandono y marcas emocionales que les han dicho que no valen, que deberían morirse y eso me ha hecho entender el poder de las palabras.

He entendido que vivimos en sociedades de gente tan rota que lo único que busca es romper a los demás.

Me ha hecho entender que aún en las diferencias podemos encontrar humanidad, que si nos enfocamos en escuchar y tomar lo bueno que todos tenemos, podemos unirnos y aprender a convivir con nuestras diferencias.

El odio se podía entender en una época de nuestra historia evolutiva donde no existía el lenguaje y cualquier persona que entrara en nuestro grupo podría representar un peligro para nuestra vida. Pero ver el odio y el ataque en la era digital, en la etapa de la historia en que estamos más comunicados, en una plataforma que se creó para conectarnos como las redes sociales, me demuestra que necesitamos reflexionar, me revela que a pesar de los avances que hemos logrado como humanidad nos falta mucho para crecer y entender que de la única manera que podremos sobrevivir en medio de tanta hostilidad es entendiendo que no necesitamos las mismas ideas, que lo que nos falta es promover y mostrar el mismo respeto.

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