Niño mojado

El niño que me dijo ¡que feo tu cabello!

No se me olvida la expresión de un niño de aproximadamente 7 años, cuando me vio en su colegio donde fui a ofrecer una conferencia de educación sexual. Se quedó fijo y mirándome como si yo fuera un extraterrestre, y con una voz de asco me dijo: ¡Que feo tu cabello!

Me sorprendió tanto ver cómo los estereotipos están impregnados en la mente de nuestros niños, como desde pequeños les enseñamos que nuestro cabello natural es feo y que el cabello lacio es el que vale y el que todos debemos tener para «ser lindos y aceptados».

Lo que más me dolió es que el niño no lo hizo para hacerme sentir mal, su expresión fue sincera, le salió del alma y, para colmo, él no tenía el cabello lacio, lo que es aun peor.

Lo que hice fue sonreír, me acerqué a él y le dije: “A mi me gusta mi cabello, me siento linda, porque así nací, lamento mucho que no te guste a ti”. El niño me miró asombrado porque no entendía mi calma y no le quedó otra cosa que devolverme la sonrisa. Los amiguitos se reían de mí y murmuraban entre ellos.

Lo que pienso

Cuando terminó la conferencia, me quedé pensando en todo el trabajo que tenemos que hacer como sociedad para cambiar los estereotipos con los que estamos criando a nuestros hijos. Les estamos inyectando un modelo que no se parece a nosotros, los estamos enseñando a odiarse y a querer cambiar lo que son.

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Nunca se me olvida cuando era niña y mi mamá prefería pelarnos a mi y a mi hermana, igual que a mi hermano, con tal de no peinarnos y con la excusa de que no tenía tiempo para “bregar” con nuestros pajones. Pasaron los años y crecí sin conocer mi cabello natural, porque me alisaron desde que ella decidió dejarnos crecer el cabello.

Recuerdo que siempre que nos tocaba alisarnos y tenía un poco de crecimiento natural, me tocaba el cabello y me sentía fea, porque mi cabello era duro y seco, porque me enseñaron que mi cabello era feo y que tenía que someterme a un proceso de casi 6 horas, donde me aplicaban una crema que me quemaba el cráneo. Luego me metían en un secador que me quemaba las entrañas, para terminarme de quemar el alma con un secador de mano que lograba ponerme “linda”, y tenía que vivir todo ese infierno cada tres meses, porque el cabello crecía.

Esa es la triste realidad de muchas niñas y mujeres dominicanas, que me rehuso a aceptar, porque sencillamente me duele solo recordarlo, porque una niña está diseñada para jugar, no para estar pendiente de su cabello, porque nacimos con un cabello hermoso y no tenemos que quemarlo para ser lindas.

Mi lema es que el alma crece en las crisis, no en una fiesta y creo que esa experiencia me hizo crecer, apreciar lo que soy y que todo el mundo sepa que vivo felizmente despeinada.

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