Manos encadenadas

Cuando el placer duele no me gusta

Conversaba con unas amigas, en la terraza de la casa de una de ellas, y nos poníamos al día con nuestras vidas, mientras las risas fluían entre tazas de café.

En medio de la conversación, una de ellas hizo una pausa y nos confesó un episodio que marcó el inicio de su vida sexual. Con cara de pesadilla nos dijo: “La primera vez que tuve relaciones sexuales con mi esposo fue traumático para mí, cuando me penetró me dolió terriblemente y le dije que parara, con lágrimas en los ojos, pero él siguió con más fuerza y sólo me decía que tenía que aguantar porque al principio duele, pero que después lo iba a disfrutar, entonces cerré los ojos y aguanté”.

Creo que lo contó porque necesitaba desahogarse, y consideró que ese era el momento para hacerlo, porque a veces los momentos de felicidad se mezclan con la tristeza de momentos vividos que no hemos soltado, y que necesitamos dejar atrás para seguir adelante.

Lo que pensé

Luego de un largo silencio y con la garganta seca, le pregunté: “¿Has hablado con él sobre eso? ¿Le has contado cómo te afectó ese momento? ¿Sabías que fue una violación lo que sucedió allí?”. Ella se quedó mirándome fijamente, y sólo me dijo: “Nunca lo hemos hablado, no me atrevo a decirlo, me da vergüenza tocar el tema, porque él es un excelente marido y muy buen padre”.

Al escuchar sus palabras, me quedé en silencio y dejé que mis amigas discutieran el tema con ella, escuchaba cómo todas decían su punto de vista. Mi conclusión de la discusión es penosa: “Nos crían para servir, para que nuestro cuerpo sea tomado por los hombres para satisfacer sus deseos, sin importar qué sentimos. Para la sociedad machista en que vivimos somos un objeto, que no siente ni padece”.

El sufrimiento de el placer

Cuando comparo esta historia con la que me cuentan las adolescentes que educo sexualmente todos los días confirmo que las mujeres siguen sufriendo el placer, que se siguen mordiendo los dientes en nombre de recibir un pene que maltrata, y que sólo sabe entrar.

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Nos han dicho que tenemos que estar dispuestas siempre, no importa si no nos gusta, si no nos saben estimular, si no nos sentimos listas, si nos sentimos inseguras, no importa nada, sólo cumplir con la cuota de abrir las piernas y cerrar la boca.

Ese placer frustrante y doloroso también lo viven muchas mujeres casadas, o que viven con su pareja (hace tiempo) y que tienen que abrir las piernas para aliviar el estrés cotidiano de su “hombre macho varón masculino” cuando llega del trabajo cansado, o cuando llega ebrio de la calle, o cuando sencillamente él lo desea, aunque ella no quiera, porque así le enseñaron que tiene que ser; porque si no estamos dispuestas y decimos que no queremos nos amenazan con la famosa y manipuladora frase de “me buscaré otra que sí me complazca”, lo que es más que abusivo y denigrante.

Ninguna mujer tiene que aguantar, ni permitir que la toquen si no lo desea, y mucho menos que su pareja (que supuestamente la ama) la penetre. Ningún hombre vale tanto para aguantar un placer que duele, y ninguna mujer vale tan poco para tolerarlo.

No somos una vagina que acompaña a un cuerpo, la vagina es una parte de nuestro cuerpo que merece ser respetada, y para eso estamos nosotras para decir “NO quiero”, y nadie puede obligarnos.

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